miércoles, 11 de mayo de 2011

Tristeza oseocular concreta


Hoy siento la tristeza en las rodillas. Como si en cualquier momento el exceso de angustia acumulada fuera a quebrarme justo ahí. Mis piernas dibujan una boca hacia abajo y hasta el bello de mi sexo, usualmente rizado y desordenado, se dejan caer hacia el suelo, lacio, fláccido, infeliz.

Tengo los brazos y las manos casi como siempre. Se mueven, levantan la tiza, hacen correr las monedas, se ponen el saco y saludan casi como siempre, pero yo que los conozco noto cierta indiferencia poco usual. Están pero no están. Tengo los brazos ausentes.

Los ojos me duelen. El brillo del cielo me insulta las pupilas y dejo que venga el llanto.
Lloro porque es martes y hay sol.
Lloro en el colectivo mis lágrimas nocturnas en medio del barullo del mediodía.
Lloro porque me siento estafada con eso de que el tiempo cura todas las heridas.
Lloro por todas las mentiras.
Lloro porque la extraño y es el dolor más inapelable que existe.

jueves, 21 de abril de 2011

El globo




Subte, mediodía de sol y frescor, estación Aguero. La línea D se encuentra temporalmente suspendida. Horda de anónimos convergen en escalera mecánica que sale a Santa Fe. Primer primerísimo plano: mano de mujer rosada. Sabia y segura, levemente arrugada, cálida, jugando. Detrás de la mano un globo que la señora hace subir por la escalera mecánica, empujándolo hacia el mundo exterior por el pasamanos.


El cielo grita celeste, el globo responde amarillo. Mi tiempo se detiene en esa mano.


De a ratos la mano es globo y de a poco el globo recuerda lo que es ser globo. La mano se infla y sonríe, regala su aire a ese objeto casi inanimado que pareciera cobrar vida para continuar el juego. Mano y globo suben sin apuro y al llegar afuera se toman por el hilo y salen a la vereda. 


La mano busca, el globo espera. La mano encuentra. El globo pasa a manos de una niña sorprendida. 


Niña, globo y señora sonríen.


Yo, lloro.