jueves, 26 de agosto de 2010

I've acquired a taste for a wellmade mistake...

A veces soy un error. Un completo error de pies a cabeza. Desde las zapatillas casi sucias y medio número chicas, hasta la bufanda escandalosa de flores rosas que no pega con el rojo saltado de las uñas.
Un error. Un gran error que sale a la calle media hora tarde, con humor de siesta en plena mañana. Un error que toma el subte pensando que superará la velocidad de la luz o logrará volver el tiempo atrás, se baja en la última estación y consigue un taxi solo siete minutos más tarde que su horario de entrada....
Un error haber pretendido ignorar tu espalda tan fría y callada, tan poco tuya. Un error escribir las cosas que puse en lugar de decirte que no hay piel más adictiva que la que baja por tu nuca cuando dobla por los hombros. Un error no haberte besado antes de irme. Un error haber contestado tu mensaje antes de tomar café. Un error haberte escuchado cuando me pediste que dijera cualquier cosa que se me cruce por la cabeza.
Un error caprichoso con auriculares que sale a la calle vestida para clima veraniego en pleno invierno. Un error que no tiene las monedas suficientes para tomar el colectivo y justo hoy le falla el truco de poner carita de tonta y pedirle al chofer que la deje viajar sin boleto.
Un error de cáculo y me paso de parada.
Después llega la noche y los errores se suceden chaplinísticamente en cámara rápida, sin sombrero porque decís que me queda mal y con bigote porque erróneamente use una crema depilatoria vencida y siguen ahí, como si nada. Ensayo y error, mensajes de texto errados para tus ojos delicados. Un horror de minutos  esperar tu respuesta. Una llamada perdida. Comida china y la gata que erróneamente cree que es para compartir y el codo errado que tira el vaso y la coca light que moja los apuntes prestados. Un error de imprenta y escribo lesviana para reirme un rato, pero ya no me causa gracia.

Y cuando pienso que todo está perdido por más que haya venido a ofrecer mi corazón, me demostrás lo errada que estuve todo el día y de un cachetazo chocolatero me sacás de mi estupidez mental errónea y subo entre tu luces, alto, alto, alto.
Y ya no hay palabras, ni errores, ni nada.

Y estás aca conmigo, por más que no estés a mi lado, y vemos la luna cómo nos sonríe desde un desierto lejano y todo parece acertado.

jueves, 19 de agosto de 2010

El viaje de vuelta


Primero la idea abstracta, después la sensacíón en el estómago que se estira por el vientre y sube hasta tocar los hombros. Ninguna imagen concreta. Todo se reduce a colores electrizados y nubes de caramelo. No puede ponerlo en palabras, pues sería atrapar entre letras algo tan... real? No le gusta esa tanto como cualquiera de las anteriores que chapucea su mente, la aleja de un manotazo y vuelve a su estado pre-linguísto.
Besarla. Besarla. Besarla.

¿Fantasía o realidad?

¿Cuál es la diferencia?

Se llena los labios de ganas y puede sentir los de ella acercándose a través del tiempo y el espacio selvático. Se sientan a su lado, saltando al noruego de dos metros y flía y al guía local que le clava el gorro de explorador en las costillas. La siente todo alrededor y se pierde en su universo de babas. Los rayos certeros del mediodía van borrando primero a sus compañeros de vagón, luego al tren mismo y cuando quiere darse cuenta se encuentra flotando en las vías a toda velocidad.

Vértigo.

Pasan los minutos entre montañas verdes y la sigue besando, pasan las horas, baja del tren, sube a un auto y la sigue besando. Pasan montañas terracota, marrones, rocosoas, altísimas y no tanto y la sigue besando. Pasan las cholas, los niños en brazos, los sombreros polvorientos, los mercados baratos y la sigue besando.
Pasa el sol entre las nubes, la noche se hace brillo y la sigue besando.

¿Fantasía o realidad?

¿Cuál es la diferencia?

sábado, 7 de agosto de 2010

Filosofía de goma y poesía barata


Me fumo


Me chupo la piel de una pitada.
Soy carne.
Me fumo el pelo en tres caldas y soy brasa.

Aprieto entre labios toda la insoportable levedad de mi ser
E inhalo tan fuerte que los pulmones se llenan de sangre.

Exhalo humo carmín,
Soy aire.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Catedral


Es un vicio que tengo desde siempre, pero desde que ella se fue se ha transformado en una esperanza masoquista de recobrar un pedacito de su calor. En especial cuando estoy sola, aunque también lo hago a veces en compañía de terceros que ignoran mis verdaderas intenciones (y suelen poner cara de qué-carajo-hacemos-acá y salir despavoridos a los tres minutos).

Sí, sí, es cierto que las iglesias siempre me han gustado. Contaba mi madre que no podía transitar cerca de alguna sin que yo me soltara de su mano y entrara corriendo a esos lugares mágicos de techos infinitos y arquitectura digna de una princesa, a los ojos de una niña de 2 años.

Mi anécdota favorita es del día en que descubrí las hostias. Había entrado como siempre, corriendo y decidida, a la catedral de Mendoza, dejando a mi madre, quien no pertenecía a esa fe por aquel entonces, sentada respetuosamente en uno de los últimos bancos, rezando que la pequeña Constanza no hiciera algo demasiado inadecuado. Llegué a la mitad del pasillo y me encontré con la cola de feligreses que esperaban su pedacito de corpus cristi en silencio. Uno a uno los recorrí como si pareciera entender la importancia del momento hasta llegar a donde estaba el cura. Me quedé un buen rato mirando como depositaba la hostia en las lenguas contritas y luego, sin ningún tipo de advertencia, salí a toda carrera en busca de a mi madre. A mitad del pasillo, lugar desde el que debo haber considerado que mi "vocecita" se escucharía con claridad, la llamé al gripo de:

-Má! Vení que acá regalan galletitas!

Mi relación con la fe apostólica romana fue transformándose con los años: a los 5 me desilusioné porque la catequista no supo explicarme qué o quién era dios, a los 11 comencé a comprender eso de que una iglesia es como un circo y a vociferar opiniones anticristas cuando mi abuela insistía en llevarme a misa. A los 12 vi Jesucristo Superstar y soñaba con destruir templos como el personaje principal. Y así, hasta que lo único que quedó en mí de cristiana son las fotos de mi bautismo. Me burlé de mi prima menor cuando a los 18 decidió tomar la comunión; repudié la decisión de mi madre en sus últimos años de dejar el protestantismo y convertirse en busca de una solución divina al cáncer, y odié al cura "milagroso" con cara de tratante de blancas que fuimos a ver en Rosario.

Pero nunca dejé de entrar en las iglesias. En especial durante los viajes. Entraba, las recorría, las fotografiaba a veces, las odiaba un poco, las envidiaba otro tanto y me iba sin silbar.

La última noche consiente de Marta en este mundo le dije que se iba a morir. Creo que si ella no hubiera sido mi madre y yo no hubiera nacido de ella, jamás hubiera pensado que era una buena idea. Pero lo fue.

Abrió los ojos morfinosos muy, muy grandes y con su característica inocencia me preguntó: AHOoORA?

La cánula indiscutible llenándola de partida y ella regalándonos besos y sonrisas.
No sé cuánto duró, no podría reconstruir la noche con coherencia, ni expresar el torbellino de sentimientos que va del estómago a la cabeza ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta…

Me acuerdo que nos retó, nos apretujó, dijo que mi hermana estaba embarazada y se durmió. Se despertó y hubo más besos y abrazos. No quiso que le trajéramos un último whiskey, ni un chocolate, ni nada.

Las risas. El calor. La intimidad. Los recuerdos. Las reflexiones martianas. Mi hermana, ella y yo: trinidad de amor indisoluble. La noche más larga de mi vida. La noche más linda que he conocido. El sentimiento más puro. Las lágrimas más lacerantes. El adios más definitivo.
Mi mejor experiencia.

Después cantó. Me cantó. Con la emoción desafinada de siempre, me miró a los ojos y me regaló una canción que jamás había oido y hasta ahora, a pesar de entrar en cada iglesia que me cruzo, no he vuelto a escuchar:

Tú eres la luz que me ilumina.

Gracias, ma.