
Comer, comer, comer, comer, comer, tragar palabras con dulce de leche y nesquick. Comerse la mierda de anoche de una cucharada y agregarle galletitas trituradas. Comer la impotencia, comer un poco más despacio porque quema, comer la bronca directo del pote directo del filo del único cuchillo que corta y rogar que algún día sea cierto eso de que te podés lastimar porque quizás así sí podría parar de comer, engullir, devorar el intento fallido de postre hasta el fondo, rogando que halla fondo. Comer sin pensar, sin sentir, sin gusto ni asco, casi sin estar comiendo, pero sin parar de comer. Como la vez que viniste a cenar y te hice fideos. Comer sin parar hasta que se acabe y después comerme tu plato para no tener que pensar que no te gustaron, que no conectamos, que no funcionamos. Comer el silencio de tu cara, masticar cada gesto reprimido con la voracidad del náufrago, con el placer de una puta vieja, con la paciencia de los vencidos. Comer el pasado antes de llegar a pensarlo, vomitarlo sobre la alfombra violeta y que salga así: marrón, viscoso, rancio. Esperar que se seque y volver a tragarlo, todo junto, sin cuchara, sin cuchillos, sin lengua. Solo una boca que se abre y se hace tacho. Comer, comer, comer, comer, comer los miedos con algo de cansancrem. Comer el olvido como hace uno años cuando te tuve que comer entero para que tu estúpido recuerdo no se quedara mirándome comer todo el día.
Y este puto amor que se me sigue chorreando por la boca