domingo, 10 de octubre de 2010

Esta mañana me bajé del tren en devoto con tiempo suficiente para caminar tranquila hasta la escuela, cosa que rara vez sucede, y quedé muda de tanta primavera exhibiéndose así de desfachatada, casi impúdica diría.

Flores, por todos lados flores, orgullosas de sus colores recién estrenados y tan felices de ser...

La quietud amistosa de barrio que deja oír a los pajaritos y el murmullo lejano de los autos, grandes y tan lindos, que suenan a promesa itinerante y me pierdo un poco por la ruta que va a Los Cocos, bordeando el dique San Roque a toda velocidad. Vuelvo por un rato a la maravilla del aquí y ahora con el repartidor de diarios que me cruza en su bicicleta y no puedo evitar sonreír al ver que lleva las noticias de hoy en un canasto rojo, que parece los antiguos de coca-cola, como los de las botellitas miniatura que coleccionaba con mis primos cuando era chica. En eso doblo la esquina y está todo tan lleno de vida y música y perfume de jazmín que se cuela, libre, por las rejas de las casones de siempre con sus muros musgo frescor, que no lo puedo evitar y me digo tanta belleza duele. Un dolor que me atraviesa con placer aletargado, como solo las mañanas perfectas de primavera pueden doler, y temo que voy a explotar de felicidad si veo una bolsa de plástico flotando.

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